Cada mes de septiembre, miles de familias vuelven a hacerse la misma pregunta: ¿qué actividad extraescolar elegimos este curso?
La oferta es enorme. Deportes, idiomas, robótica, teatro, danza, música… Todas ellas pueden aportar cosas muy positivas al desarrollo de un niño y sería injusto afirmar que existe una actividad mejor que las demás.
Sin embargo, con frecuencia la decisión termina dependiendo de cuestiones muy prácticas: el horario, la cercanía, el precio o la compatibilidad con la jornada laboral. Es completamente comprensible. Conciliar la vida familiar y el trabajo no siempre es sencillo.
Pero quizá merezca la pena detenerse un momento y hacerse una pregunta diferente.
¿Qué queremos que esa actividad aporte realmente a nuestro hijo?
Porque una actividad extraescolar ocupa una o dos horas a la semana, pero lo que un niño aprende durante ese tiempo puede acompañarle durante toda la vida.
Una decisión que va mucho más allá de ocupar la tarde
Las actividades extraescolares ayudan a muchas familias a organizar el día a día y no hay nada de malo en reconocerlo. Pero sería una pena elegirlas únicamente para cubrir el tiempo que transcurre entre la salida del colegio y la vuelta a casa.
Esas horas pueden convertirse en el lugar donde un niño descubra algo que le apasiona, aprenda a esforzarse, gane confianza en sí mismo o encuentre un grupo con el que crecer.
Por eso, además del horario o la cercanía, merece la pena fijarse en el proyecto educativo que hay detrás: en los profesores, en el ambiente que se crea, en la forma de enseñar y en los valores que se transmiten. Al final, las mejores actividades no son las que mantienen ocupado a un niño durante una hora, sino las que siguen enseñándole algo cuando esa hora ya ha terminado.
¿Qué hace diferente a la música?
A lo largo de este blog hemos hablado de muchos de los beneficios de aprender música: la concentración, la creatividad, la disciplina, la memoria, el trabajo en equipo o la importancia de aceptar el error como parte del aprendizaje.
Pero quizá la mejor manera de resumir todo eso sea una idea muy sencilla:
La música no enseña únicamente a tocar un instrumento. Enseña una forma de aprender.
Cada pieza nueva exige observar, escuchar, corregir, volver a intentarlo y ser paciente. Poco a poco, el alumno descubre que las cosas importantes necesitan tiempo y que el esfuerzo sostenido acaba dando sus frutos.
Cuando, además, esa música se comparte en una agrupación o en un combo, aparecen otros aprendizajes igual de valiosos: escuchar a los demás, asumir una responsabilidad dentro del grupo y disfrutar construyendo algo entre todos.
Mucho más que formar músicos
Hace algún tiempo, Kent Nagano, actual director titular y artístico de la Orquesta y Coro Nacionales de España, explicaba una idea que resume muy bien el verdadero sentido de la educación musical.
Recordaba que solo una pequeña parte de los niños que estudian música llegará a dedicarse profesionalmente a ella. Y, sin embargo, defendía que ese nunca ha sido el verdadero objetivo.
El valor de aprender un instrumento no está únicamente en formar futuros músicos, sino en todo lo que sucede durante el proceso. Tocar exige una concentración extraordinaria, coordinación entre cuerpo y mente, capacidad de escucha, disciplina y constancia. Habilidades que seguirán siendo útiles tanto si ese niño acaba convirtiéndose en músico como si un día es médico, ingeniero, maestro o científico.
Es una reflexión con la que quienes enseñamos música nos sentimos profundamente identificados. El éxito de una escuela no debería medirse solo por los alumnos que llegan a dedicarse profesionalmente a ella, sino también por todas las personas que, gracias a la música, han aprendido a concentrarse mejor, a trabajar con otros y a disfrutar del esfuerzo.
Elegir pensando un poco más lejos
Ninguna actividad extraescolar debería elegirse únicamente porque está de moda o porque ese año parece la opción más cómoda.
Merece la pena preguntarse qué queremos que recuerden nuestros hijos cuando pasen los años y, sobre todo, qué herramientas queremos que se lleven consigo cuando esa etapa haya terminado.
En Sol Menor creemos que la música es una forma maravillosa de conseguirlo. No porque todos los niños deban convertirse en músicos, sino porque aprender música significa mucho más que aprender a tocar un instrumento. Significa descubrir que la paciencia tiene recompensa, que escuchar a los demás es tan importante como hacerse escuchar y que las cosas que realmente merecen la pena requieren tiempo.
No se trata de elegir una actividad para este curso. Se trata de elegir una experiencia que puede acompañar a tu hijo durante muchos años y ayudarle a convertirse en la persona que llegará a ser.


